Eppur si muove


En el corazón de la Revolución Científica, las contribuciones de Galileo revolucionaron la comprensión humana del cosmos y las leyes naturales. Sus indagaciones, ancladas en la observación rigurosa y la experimentación meticulosa, desafiaron paradigmas ancestrales y abrieron caminos hacia una ciencia empírica, donde la hipótesis se somete al escrutinio de la evidencia tangible. Esta aproximación, que privilegia el método sobre la autoridad dogmática, resuena aún en las reflexiones contemporáneas sobre la libertad intelectual y el progreso humano.


Galileo di Vincenzo Bonaiuti de’ Galilei, universalmente conocido como Galileo Galilei fue un físico, matemático y astrónomo italiano que dedicó su vida a la enseñanza y a la investigación acerca de las leyes del Universo, sentando las bases de la astronomía y de la física moderna.

Galileo di Vincenzo Bonaiuti de’ Galilei (Galileo Galilei)

Desde sus primeros experimentos en mecánica, realizados en Pisa durante su juventud, Galileo sentó las bases para una física cuantitativa. Observando el movimiento de objetos en caída libre, demostró que cuerpos de diferentes masas caen con la misma aceleración en ausencia de resistencia del aire, refutando la doctrina aristotélica que vinculaba la velocidad de caída al peso. Estos ensayos, a menudo legendarios: como el supuesto lanzamiento de esferas desde la Torre Inclinada de Pisa, ilustran su compromiso con la verificación experimental. Más allá de anécdotas, estos trabajos inauguraron el estudio sistemático del movimiento uniformemente acelerado, formulando leyes que describen la trayectoria parabólica de proyectiles y el comportamiento de péndulos. El péndulo, en particular, capturó su atención: midiendo el período de oscilación de lámparas en la catedral de Pisa, Galileo estableció que este depende de la longitud del hilo y no de la amplitud o el peso, un principio que allanó el camino para relojes precisos y mediciones temporales en la ciencia posterior.

(…) La frase apócrifa “Eppur si muove” (“Y sin embargo, se mueve”), atribuida a él en ese momento, simboliza la resiliencia de la verdad científica ante la opresión, recordándonos que las ideas, una vez liberadas por la evidencia, persisten más allá de las condenas humanas.

Su traslado a Padua en 1592 marcó un período de fecundidad intelectual, donde la enseñanza universitaria se entrelazó con innovaciones instrumentales. Aquí, Galileo refinó el telescopio, un dispositivo óptico que, aunque no inventado por él, fue potenciado mediante lentes de mayor calidad y aumentos superiores a los veinte diámetros. Con este instrumento, dirigido al firmamento, Galileo compiló observaciones que desmantelaron la cosmología ptolemaica. En 1610, publicó Sidereus Nuncius (“El Mensajero de las Estrellas”), un tratado que detallaba descubrimientos revolucionarios: las montañas y cráteres en la Luna, revelando que no era una esfera perfecta e inmutable, sino un mundo rugoso similar a la Tierra; las innumerables estrellas de la Vía Láctea, disipando la ilusión de un cielo finito; y, sobre todo, los cuatro satélites mayores de Júpiter —hoy conocidos como lunas galileanas—, que orbitaban alrededor de un planeta no terrestre, cuestionando el geocentrismo absoluto.

Estas revelaciones astronómicas culminaron en la validación de la teoría heliocéntrica de Copérnico. Observando las fases de Venus, análogas a las de la Luna, Galileo demostró que este planeta giraba alrededor del Sol, no de la Tierra. Asimismo, sus notas sobre manchas solares «manchas oscuras en la superficie del Sol que rotaban con él», confirmaron la rotación solar y la imperfección de los cuerpos celestes, erosionando la distinción aristotélica entre un cielo inmutable y un mundo sublunar corruptible. Estas evidencias impulsaron un nuevo paradigma: el Universo como un sistema gobernado por leyes universales, accesibles mediante la razón y la observación.

Sin embargo, el impacto de estas obras trascendió el ámbito científico, colisionando con estructuras ideológicas arraigadas. En 1611, al presentar sus hallazgos en Roma, Galileo invocó un debate que enfrentaba la evidencia empírica contra la interpretación literal de las Escrituras. La teoría heliocéntrica, al desplazar a la Tierra del centro cósmico, socavaba la antropocentrismo teológico. La respuesta institucional llegó en 1616, cuando la Inquisición censuró la defensa de tales ideas, prohibiendo su enseñanza o divulgación. Años después, en 1632, Galileo publicó Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, una obra maestra disfrazada de conversación ficticia que contrastaba los modelos ptolemaico y copernicano, favoreciendo sutilmente al segundo mediante argumentos lógicos y observacionales. Esta publicación desencadenó su juicio en 1633, donde, bajo coacción, se vio forzado a abjurar. La frase apócrifa “Eppur si muove” (“Y sin embargo, se mueve”), atribuida a él en ese momento, simboliza la resiliencia de la verdad científica ante la opresión, recordándonos que las ideas, una vez liberadas por la evidencia, persisten más allá de las condenas humanas.

A pesar de la censura y el arresto; durante el cual, incluso ciego desde 1638, continuó dictando tratados como Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, el legado de estas obras perdura como testimonio de la virtud de la indagación libre.

En su obra, Galileo forjó el método científico moderno, enfatizando la experimentación controlada, la matematización de la naturaleza y la falsabilidad de hipótesis. Sus contribuciones inspiran una reflexión perenne sobre la tolerancia intelectual: en un mundo donde las verdades establecidas a menudo resisten el cambio, la perseverancia en la búsqueda de conocimiento ilumina el camino hacia la Eudaimonia, esa realización plena que surge de comprender las leyes inmutables del Universo.

En el Oriente de La Plata, Buenos Aires, Argentina.