Librepensamiento: Razón, emancipación y legado masónico


El Dr. Alejandro Korn —cuya obra La libertad creadora da nombre a esta logia— lo expresó con claridad: «La acción consciente es el alfa y el omega, el principio y el fin, la energía creadora de lo existente. Ella desarrolla el panorama cósmico en la infinita variedad de sus cuadros, y ella le opone la gama infinita de las emociones íntimas». Pensar con libertad es, en ese sentido, un acto creador.


¿Qué es el librepensamiento?

El concepto resiste una definición simple. No basta con decir que el librepensador es quien rechaza los dogmas: lo decisivo es el por qué y el cómo los rechaza. El librepensamiento no recae en la mera negación ni irreverencia espontánea; es el ejercicio activo de la razón como criterio último de validación del conocimiento y la conducta.

Bajo una definición demasiado amplia, cabrían en este universo figuras tan dispares como los sofistas griegos, John Dee, Giordano Bruno o Voltaire —pensadores cuyas obras son profundamente heterogéneas entre sí. Por eso conviene trazar con mayor precisión los contornos del concepto.


Raíces históricas: del ‘libertinaje’ filosófico a la Ilustración

En la Francia del siglo XVII surgió una corriente conocida como libertinage érudit o «libertinaje filosófico», heredera del escepticismo de Montaigne y Charron. Figuras como François de La Mothe Le Vayer, Pierre Gassendi, Gabriel Naudé y Élie Diodati desarrollaron una actitud crítica frente a toda imposición autoritaria —especialmente la eclesiástica— sin por ello caer en el dogmatismo inverso. En esa misma época, el término «librepensador» compitió con otros calificativos: «racionales», «libertinos teóricos» o simplemente philosophes.

El movimiento alcanzó su mayor despliegue en el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces. La Ilustración europea —que tuvo focos especialmente activos en Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia— puso la razón en el centro de toda reflexión sobre el mundo, la sociedad y el individuo. En Francia, pensadores como Denis Diderot, Jean le Rond d’Alembert, Voltaire, Montesquieu, Jean-Jacques Rousseau y Helvétius dejaron una marca indeleble en la cultura occidental. El proyecto más ambicioso de esa tradición fue la Encyclopédie dirigida por Diderot y d’Alembert: un «diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios» que aspiraba a sistematizar y difundir el conocimiento humano.


La Breccia di Porta Pia

El 20 de septiembre de 1870 quedó grabado como fecha emblemática de esa tradición. Ese día, el cuerpo de infantería Bersaglieri abrió una brecha en la Porta Pía de Roma, poniendo fin al Risorgimento —el proceso de unificación italiana liderado por el rey Vittorio Emanuele II de la Casa de Saboya— y clausurando definitivamente el poder temporal de la Iglesia sobre la Ciudad Eterna. El protagonismo del hermano masón Giuseppe Garibaldi en ese proceso convirtió la fecha en un símbolo que trasciende la historia política: el 20 de septiembre es, desde entonces, el Día del Librepensamiento.

La llave de los campos (La Clef des champs) René Magritte – 1936. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
Nota de Interpretación: La obra muestra una ventana rota donde los fragmentos de vidrio caídos en el suelo aún conservan pintado el paisaje exterior. Magritte juega con la idea de que los límites entre lo que percibimos y el mundo real están en nuestra cabeza. Romper el cristal simboliza abrir la mente a nuevas realidades y liberarse de las convenciones intelectuales preestablecidas.

Kant y el programa ilustrado

Nadie formuló el espíritu de la Ilustración con mayor precisión que Immanuel Kant en su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1784):

«La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad es la incapacidad de usar su intelecto sin la guía de otro. Esta minoría de edad es autoculpable porque su causa no se debe a la falta de razón, sino al valor y el coraje de servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón! Es el lema de la Ilustración.»

La fórmula kantiana revela que el núcleo del librepensamiento no es la libertad negativa —la mera ausencia de dogma— sino una libertad positiva y exigente: el uso autónomo, público y universal de la razón. No se trata de una prerrogativa individual encerrada en la conciencia privada, sino de una práctica social con consecuencias éticas e institucionales. La emancipación intelectual implica, necesariamente, transformaciones en las estructuras de poder.


El espejo de la razón y la vigencia del librepensamiento

La razón, sin embargo, no opera en el vacío. El librepensamiento maduro reconoce que todo ejercicio racional ocurre desde una situación histórica concreta, con sus prejuicios, sus lenguajes y sus límites. Esta conciencia no conduce al relativismo —como suelen objetar sus críticos— en cambio, presenta una forma más rigurosa de honestidad intelectual: la que exige revisar constantemente los propios supuestos. En ese sentido, el filósofo Hans-Georg Gadamer señalaba que incluso la Ilustración tiene sus propios prejuicios no examinados, entre ellos el «prejuicio contra el prejuicio». El librepensador consecuente no puede exceptuarse de esa crítica: su compromiso con la razón implica también volverla sobre sí misma.

Esta dimensión autocrítica distingue al librepensamiento de cualquier forma de racionalismo dogmático. Contrario a la erección de la razón como nuevo ídolo —sustituto laico de las autoridades que se pretende superar— la propuesta es de entenderla como un proceso abierto, colectivo e inacabado. Spinoza vislumbró algo de esto cuando distinguió entre la ratio como instrumento de comprensión y la imaginatio como fuente de servidumbre: la razón en abstracto no es lo que libera, sino su ejercicio concreto, situado y compartido. La libertad de pensamiento, en última instancia, no es un estado que se alcanza sino una práctica que se sostiene —o se abandona— en cada acto de comprensión.


Una tradición viva

La tradición masónica constituye uno de los canales históricos más significativos a través de los cuales el ideal del librepensamiento encontró forma, no en el sentido de una doctrina cerrada, pues la masonería rechaza explícitamente el dogma. Las logias han propuesto el espacio deliberativo donde la razón, la tolerancia y la búsqueda del conocimiento se convirtieron en principios organizadores de la vida en común. En una época en que el pensamiento crítico era perseguido por las instituciones eclesiásticas y los poderes absolutistas, las logias masónicas funcionaron como laboratorios de una sociabilidad alternativa: lugares donde el mérito intelectual prevalecía sobre el origen, y donde el diálogo racional entre pares prefiguraba, en pequeña escala, el ideal ilustrado de una república de las letras. Esta herencia no es meramente anecdótica; apunta a una tesis filosófica más profunda: que la libertad de pensamiento no se sostiene solo en el individuo aislado, sino que requiere de comunidades que la practiquen, la protejan y la transmitan.

La Respetable Logia Libertad Creadora N° 57, celebra esta herencia como un programa vigente. La emancipación dogmática y el ejercicio de la razón autónoma son tareas permanentes.

Pensar con libertad es, en ese sentido, un acto creador.

En el Oriente de La Plata, Buenos Aires, Argentina.